11.6.08

[[[[ Luego de cuarenta años de predicar el ateísmo entre afectos y conocidos, se encontró en la puerta de una vieja iglesia esperando el fin de la misa dominical de las doce . Muchos creen saber hasta donde puede llevarlos una situación límite, y fue hasta Bolívar y Alsina a donde llegó Julio Signoris, de la mano de un pulmón, bajo la sombra de algún cáncer . Así como quien se pone al día con un viejo amigo, Julio mantuvo una conversación casual con ese personaje conocido por todos y apreciado por otros tantos . Las palabras hipocresía, desesperación y tortilla de la abuela, se le cruzaron por la mente . Lloró solo, y ya cansado . Se enfiló al Paseo Colón, y a la izquierda, y sala de cirugías: tercer piso .
Cuatro meses más tarde, con ocho sesiones de quimioterapia en el expediente, Julio se retiraba triunfal del Hospital Argerich . A modo de festejo, su mujer, Susana, preparó los ñoquis del domingo en la terraza común del edificio .
Julio volvió a encontrarse, esta vez en su escritorio, observando a través de la ventana, al contrafrente: la pared de gris . Lloró solo, estaba cansado, y quizás algo perdido . El inconfundible olor a tuco que se inmiscuía por la puerta entreabierta daba la señal: la comida estaba lista . Oyó su voz, reprimida, irreconocible, "Insensato, qué insensato", mientras se prendía otro cigarrillo . ]]]]

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