18.11.19
Pensé en lo que pensamos gran parte del tiempo. En la plata que falta, cómo conseguirla, donde, qué tengo, qué quiero tener, qué puedo vender si no es a mi, si quiero estar ahora endeudada o si quiero ahorrar para una Constanza que no sabemos si va a existir. Pensé en los ahorros que tendría si no hubiera comprado tanta basura para regalarla, para tirarla, para dejarla en el triángulo de las bermudas. No puedo comprometerme con lo que implique trabajo independiente porque implica inversión y volvemos a la plata, a las tarjetas de crédito. A querer mejorar la casa pero adiviná que necesitamos para eso, sí, plata, entonces usamos la virtual la de los plásticos que nos dicen que algún interés se lo va a comer- como si la idea de qué tal interés exista en un futuro no fuera trágica para todo el resto de lo que nos compete, para vivir y no necesitar más plata. Porque mientras yo quiero plata para mejorar un dos ambientes que alquilo hay gente que no come, mientras yo quiero plata para ver si alguna vez se van los granitos que tengo en los antebrazos hay jubilados con la mínima que este mes no van a tomar sus remedios. Porque mientras busco llenar algún vacío con más plata más deuda más ventas, porque para que yo tenga más plata tengo que sacársela a alguien a cambio de algo que quiera, que yo haga o que yo tenga, un trueque pero con dinero, para comprar alguna otra cosa que no sabemos qué va a ser la semana que viene, si la celulitis, la cadena de gimnasio que va a cobrarme lo que quiera para hacerme sentir mal porque nunca voy a ser como la chica de la foto. En el medio de tanto pensar qué hacer y cómo hacer con la plata, teniendo publicada la bandeja que fue un regalo de cumpleaños aunque no exactamente el estético que yo quería, pienso en vender los vinilos. Los usados, los nuevos, los que compré en aquel terrible viaje a Gran Bretaña en el que me ahogué en Bowies remasterizados; en esa increíble visita a Kastanienallee donde encontré a Neil Young, a Dylan and the Band, donde me encontré queriendo a más de un alemán. Entonces pienso en venderlos todos, en que queden en recuerdos, en otros gastos innecesarios del pasado, en una foto qué tal vez haya impreso o que esté oculta en algún disco rígido. Busco la caja de Quilmes retro donde los guardo, sacudo el polvo, los paso de a uno y me encuentro con Alma de Diamante, pienso en el día que me lo regaló, el día que me dijo por primera vez que era yo un alma de diamante. Entonces decido, me doy cuenta, asevero: no hay plata que valga deshacerse de un empírico gesto de amor.


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